No
cabe la menor duda que el agua dulce como recurso natural será el más importante
de cara a este siglo XXI por dos principios muy básicos: el primero tiene que
ver con que es un recurso vital (se puede
vivir sin oro pero no se puede vivir sin agua rezaba un cartel de protesta);
el segundo factor es la escasez mundial de este recurso (del 100% del agua
existente sólo 2.5% es potable y no toda esta disponible). Bien dice Elsa
Bruzzone que el agua potable a diferencia
del petróleo, no tiene sustituto. Si una fuente de agua se agota, se pierde; si
se contamina y no la podemos descontaminar, también se pierde, en suma
estamos ante un bien no renovable, escaso y vital ¡vaya problema!
Sobre
el agua se ha hablado en términos filosóficos, científicos, biológicos y
teológicos, por ejemplo, Tales de Mileto
sostenía que el principio de todas las cosas era el agua (Arjé).La
importancia de este recurso trasciende cualquier temporalidad y circunstancia,
a partir del agua hubo vida, se generó la diversidad que conocemos,
históricamente no se explica la fundación de las grandes civilizaciones, es
más, sin ella no podemos siquiera imaginar la domesticación de los animales y
la agricultura en su fase más elemental.
En
el año 2002 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconoció el derecho
al agua como un derecho humano, pero bien dice Ugarte (en
Bruzzone,2012) que los pueblos que esperan su vida o su
porvenir de una abstracción legal o de la voluntad de los otros son de antemano
pueblos sacrificados. Podrá parecer una postura dramática la expresada en
estas líneas, pero es urgente tomar conciencia; si bien se han hecho esfuerzos
importantes desde el ámbito de la sociedad política nos falta concretar una cultura del agua, esto es, una cultura
que nos permita difundir y practicar el buen uso y manejo de los recursos
hídricos.
En
el caso de México la situación se torna complicada, según datos de la CONAGUA “la zona centro y norte del país concentra el
77% de la población, se concentra el 80% del PIB pero únicamente ocurre el 31%
del agua renovable, mientras que la zona sur-sureste del país donde habita el
23% de la población, se genera el 20% del PIB y ocurre el 69% del agua
renovable”. ¿Qué consecuencias tendrá esta creciente demanda?
En
el Valle de México y en algunas regiones del norte del país es evidente el
estrés hídrico (cuando la demanda de agua es mayor a la disponible); así
también la situación actual de sequía que se vive en una gran parte del país
nos invita a reflexionar sobre las posibles consecuencias, siendo un ejemplo el
lamentable incidente ocurrido en Mezquital, Durango en donde una niña fue
asesinada por extraer agua de un pozo.
Los
cambios climáticos han afectado a la mayor parte del planeta y por lo tanto la
escasez de agua debe tornarse en un estudio más serio con miras no sólo a la
supervivencia de las personas sino a la gobernabilidad en las zonas más
propensas al conflicto. Se presenta poco factible que en un futuro cercano
México afronte una guerra por el agua con alguno de sus vecinos, aunque sí es
posible que los conflictos internos tengan una mayor intensidad tanto en las
regiones del norte del país (en donde el crimen organizado abarca no sólo
actividades como el narcotráfico) como en las regiones del sur (propensas a la
polarización y la violencia política).
Probable
es, sin exagerar, que en 2018 los candidatos a la presidencia prometan “agua” y
que este tema pase a ser uno de los principales protagonistas de la agenda
electoral, lo cual nos lleva a pensar que no podemos vivir en la emergencia
constante, la inmediatez no es opción cuando las actividades económicas se
ponen en riesgo y el factor humano se ve seriamente amenazado y por lo tanto la
gobernabilidad misma.
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